Anoche vi Turning Red, sí, esa película de animación de Pixar que se está llevando tantas críticas negativas por personas que dicen que, literalmente, una de las películas que ha mostrado más realidades hasta la fecha, no es realista (¿Realista para quién? Me pregunto yo). Otras que se quejan de que es una mala película para las jóvenes porque muestra que rebelarse contra los padres es algo positivo . Otras comentan que se sienten más identificadas con un coche, antes que con las protagonistas de esta historia, porque, según estas personas, está creada para un target muy específico.

Y sí, señores. No discrepo en esto último, de lo de que está creada para un target específico, porque spoiler: todos los productos culturales están diseñados a medida. Y en el caso de Turning Red, es obvio que está creada para niñas de trece años que están en plena pubertad sintiendo cambios hormonales que nadie se ha atrevido a explicar, y que, por primera vez, trata el tema de la menstruación con total naturalidad. Como debería ser, vamos. Es que manda narices que algo biológico sea tan tabú y esté tan ausente en el cine, sobre todo cuando el cine se dirige al público joven. Y estoy segura de que esa escena de la madre de la protagonista preparándole un termo con una infusión calentita y snacks extras para la hora del recreo va a hacer que muchas familias tengan una conversación que puede ser incómoda, pero totalmente necesaria. Y eso me hace feliz.

También me ha hecho feliz recordar el fenómeno fan que viví cuando era más cría con los 4Town, en este caso se trata de una boyband que mezcla los kpopers de la actualidad y los Backstreet Boys, pero nada lejos de mi realidad, de pelear por conseguir ir a Madrid a un concierto de mi ídolo, de ser feliz porque me había seguido en Twitter y contestado a un par de tweets. Y no me avergüenzo de nada. Al igual que tampoco se avergüenzan los cincuentones que en la década de los noventa se pillaban un bus para ir a ver a ACDC. ¿Por qué deberíamos avergonzarnos de lo que nos gusta? ¿Por qué deberíamos esconder que nos gusta un grupo musical porque no encaja con la idea que nuestros padres se han hecho de nosotras? Miles de por qués son respondidos en esta película. Y creo que eso es precisamente lo que ha picado. La dosis de realidad. Que lejos han quedado los cuentos de hadas donde la princesa se rebela contra sus padres por ir corriendo a ver a su príncipe. Que aquí no hay príncipe, aquí no hay amor, aquí hay amistad, hay protagonistas con ambición que pelean por cumplir sus objetivos, y esos son los referentes que necesitan las niñas.

Turning Red habla de crecer, de madurar, de formar nuestra personalidad, pero también habla de masculinidades. Como ejemplo tenemos a Tyler, un personaje que tiene un arco evolutivo interesante y que me ha sacado una sonrisa enorme con alguna de las escenas finales de la novela, no comento más pero si habéis visto la película sabéis perfectamente de qué escena estoy hablando. Al igual que el padre de la protagonista, es que la escena postcrédito es tremenda. Tremenda.

Sin duda es la película que me hubiera gustado ver en mi adolescencia. Me alegro de al menos haberla podido ver ahora.

PD: Si os ha gustado Turning Red, os recomiendo la novela gráfica de Destellos de Jen Wang.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *